LAS MUSAS
—A ese respecto —dijo el tímido cuentacuentos cuando los eruditos novelistas, tal vez hastiados de escuchar sus propias anécdotas, le dejaron por fin meter baza—, Umbral le robó una frase a Gala.
Varias cejas se arquearon incrédulas y expectantes, en número impar porque el de los thrillers gustaba de alzar solo una pretendiendo mostrar distinción.
—Yo había entrado a un bar a tomarme un café bombón —contaba el cuentista— y casualmente allí estaban ellos. Sentados a una mesa conversaban Camilo José Cela, Francisco Umbral y Antonio Gala. Don Camilo se reafirmaba en unas recientes declaraciones hechas en televisión donde aseguraba ser capaz de absorber medio litro de agua de una palangana por vía rectal. “Eh, eh,” decía con su sorna hiposa “me ayuda a concentrarme, eh”. Umbral, con voz firme, profunda, reconocía que, aunque había venido a hablar de su libro, él mismo era incapaz de trabajar sin introducirse ano arriba un supositorio de Optalidón. Tras un silencio miraron a Gala como esperando su reflexión sobre el asunto. Gala, la vista perdida en algún rincón del techo, sus delicadas manos jugueteando con el pomo plateado de su inseparable bastón, quizás recordando un momento amatorio, suspiró, y con su hermosa dicción de inacabables vocales e infinitos seseos, dijo, “Ay, parece que la inspiración nos entra a todos por el culo”. Luego Umbral la incluyó en sus Amores Diurnos, sin citarle, eso sí.
Será por eso que algunos, cuyo ojete está sin mácula, no triunfamos..
ResponderEliminarEstupenda anécdota y narración a la par.
En esta narración, el sacro anillo crepuscular del esfínter adopta matices de veras insospechados. Escritores tenían que ser, sin duda.
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