VENENO
En El Café Literario, como todos los jueves, se reunían poetas y novelistas en derredor de una mesa reservada. Sobre ella, junto a los gintónics, solían dejar descuidadamente los libros que traían para ilustrar sus catedráticas aserciones. O tal vez solo para fardar. El cuentista ese día hizo lo propio y posó los suyos junto a su café bombón.
—Veo que, a pesar de todo, lee usted novelas —dijo
el de los thrillers al comprobar que uno de los libros que traía el cuentista
era una novela suya; Azul marino.
—Sí, claro —respondió el cuentista— y de todas saco enseñanzas. Yo soy de los que subraya —añadió.
—¡Qué horror! —dijo el novelista mientras alzaba la suya del montón y, no sin cierto orgullo, observó— ¡Prácticamente la ha subrayado entera!
—Sí.
Picado por la curiosidad no pudo evitar echar un ojo a la que había justo debajo, Las voces bajas, de Manuel Rivas.
—¿Esta no la ha leído? No ha subrayado nada.
—He leído las dos —dijo el cuentista con media sonrisa maligna—. Es una manía mía, subrayo lo que se le puede quitar a un texto sin que cambie en absoluto el sentido ni la trama ni nada.
El novelista soltó ambos libros como si fueran víboras.
Rediós, quizá es el golpe más bajo que un escritor le puede dar a otro, ja, ja, ja.
ResponderEliminarLa importancia de saber distinguir lo esencial de la paja.
ResponderEliminarSAludos.
Quizá le sirva de aprendizaje al novelista "ilustrado" y aplaque un poco la su ego.
ResponderEliminarLos que ya lo saben todo nunca aprenden nada. ;)
EliminarTanto decir para no decir nada, así como meramente yo.
ResponderEliminarUn saludo